17 de outubro de 2012

El infierno utópico

Claude Roy

No hay mes en que la ya rica biblioteca consagrada al pensamiento utópico deje de enriquecerse con una o dos obras más. Pero aun en los mejores de estos libros, como el notable ensayo de Bronislaw Baczo, Lumières de l’utopie, subsiste al parecer una confusión debida al término mismo de "utopía".

El concepto de utopía es, en efecto, ambiguo porque se aplica a dos construcciones mentales muy diferentes. En el interior de toda utopía subsiste el fantasma utópico original: la proyección en lo imaginario, en el sueño nocturno o diurno, de una satisfacción plenaria de los deseos que sólo pueden verse realizados a medias en la realidad. En la utopía popular la Jauja del Venusberg, el niño, el pobre y el oprimido, nunca sometidos del todo, se hacen a sí mismos el regalo consolador de un universo perfecto, el de la total satisfacción ― un mundo sin prohibiciones, sin obstáculos, sin esfuerzos, sin sufrimiento, sin esperas, sin carencias.

En la que podríamos llamar en cambio utopía institucional, la de los intelectuales que promulgan las leyes de una ciudad perfecta, la imaginación se muestra en seguida tanto o más sedienta de poder que de su puro imaginar. Thomas More imagina un paraíso armonioso y de inmediato le impone leyes indiscutiblemente feroces. "El Hombre en la Luna" de Godwin (1638) se apresura a someter a los naturales del satélite a un despiadado sistema de castas en que las categorías sociales se establecen según las estaturas: los aristócratas miden treinta pies; con veinte pies sólo se puede aspirar a formar parte de la burguesía; con diez, del populacho.

La utopía popular describe un estado ideal del ser. La utopía institucional define al ser dentro de un Estado cuya constitución es ideal y proporciona desde un principio las armas necesarias para la represión. Apenas convertido en supremo líder de la Ciudad ideal, su constructor está obligado asumir la tarea ingrata del capataz, del jef de la obra. Faleas y Platón, Campanella en "la Ciudad del Sol", como Lenin y Stalin o Trotsky, Fidel Castro y el Che Guevara, desde los primeros pasos están destinados a establecer el trabajo obligatorio. Philippe Buonarroti llega hasta precisar cuáles son las categorías de la actividad humana que pueden ser consideradas un trabajo:

"Los individuos que no hacen nada por la patria no pueden ejercer ningún derecho político.(. .. ) Para la ley, son trabajos útiles los de la agricultura, la vida pastoral, la pesca, la navegación, los de las artes mecánicas y manuales, los de la venta al por menor, los del transporte de hombres u objetos, los de la guerra, los de la enseñanza y los de las ciencias." Estos últimos, sin embargo. "no serán considerados útiles" si quienes los practican no presentan "un certificado de civismo". Campanella iba aún más lejos. Adjudicaba diferentes tareas, de acuerdo con las capacidades de cada cual, al que gozara de buena salud, al de salud endeble o al enfermo, y hasta preveía la función social del manco y del lisiado sin piernas: "Quien no posea más que un miembro, trabajará en el campo como espía y rendirá cuentas al Estado de todo lo que oiga". He aquí prefigurado, en dos palabras. "el porvenir radiante" de los socialismos autoritarios: trabajo forzado, policía omnipresente.

Una vez establecidas tales bases y consolidados los dos pilares de su edificio, el dirigente de la utopía debe también reglamentar y regir ese conjunto de actividades anárquicas en que dejan los hombre que reine el capricho y que una peligrosa imprevisibilidad subsista: los sentimientos, la sexualidad, los gustos expresados en el comer y el vestir y también en torno a la muerte, y ese vastísimo imperio del caos, los humores y la subversión, que es el pensamiento en general.

Platón, Campanella, Thomas Moro y la China maoísta son categóricos. Platón: "No será permitido que se formen uniones al azar". Campanella: "La reproducción de los seres humanos es un asunto que concierne a la República" y cuya vigilancia será confiada al "magistrado encargado de la procreación". Thomas Moro precisa, algunos siglos antes que Mao: "Las mujeres no pueden casarse antes de los dieciocho años, los hombres antes de los veintidós". De los orfelinatos stalinianos para hijos de "enemigos públicos", hay un atrevido anticipo en Restif de la Bretonne: "Los Hijos de Hombres Perversos serán separados de sus padres llegado a su término el lapso de lactancia, para ser confiados a Educadores Públicos que no revelarán a nadie el secreto de sus nacimientos"

Ni siquiera la muerte escapa al poder de la ley, que establece de acuerdo con la "razón" cuáles son las funciones naturales del hombre. El griego Jambulos, en la aurora de las utopías, exagera sin duda cuando pretende fijar un límite a la vida de individuos y prohibirle sobrepasar los ciento cincuenta años de edad. Para asegurar el cumplimiento de esta ley, propone que el ciudadano llegado a ese límite se acueste sobre "una planta muy singular” cuyo solo contacto procura "un sueño eterno". Sin llegar a tales extremos, la mayoría de los dirigentes de utopías estudian sin embargo, y codifican meticulosamente, las maneras de dar muerte a los rebeldes.

Siempre están al día en materia de venenos, horca, ahogamiento, asfixia, garrote, hacha y otros suplicios diversos. Campanella ― quien pasó veintisiete años en prisión y fue torturado en siete ocasiones ― es partidario de una pena de muerte democráticamente aplicada ("ejecutada por el pueblo entero, que mata o lapida al criminal”) y recibida con gusto por el culpable: "El acusado se reconcilia con sus acusadores, sus jueces y los testigos, y los abraza", Porque conviene que "los veredictos (sean) vistos como una verdadera terapéutica y no como un castigo". La China maoísta realizará este sueño.

Estas imposiciones en todos los campos ― ya que son de la incumbencia del legislador tanto el acto de dar la vida como el de dar la muerte, el momento en que deben producirse y hasta los sentimientos que deben inspirar ― suponen sin duda un control de las mentes tan riguroso como el de los cuerpos. En su "Código de la naturaleza", Morelly estipula: "Habrá una especie de Código público de todas las ciencias, para que nada pueda añadirse nunca ni a la Metafísica ni a la Moral más allá de los límites prescriptos por las leyes"

Si los libros o los periódicos pretendieran poner en duda la beatitud de esta paz y la seguridad de este definitivo estancamiento de la historia en su terminal, habría que quemar los primeros y prohibir los segundos. Sébastien Mercier, en "El Año 2240", describe con júbilo el eterno incendio de los libros. "Obtenido un consentimiento unánime, escribe, hemos reunido en una enorme llanura todos los libros que juzgamos frívolos o inútiles o peligrosos (y) hemos prendido fuego a esa espantosa masa, como en un sacrificio expiatorio ofrecido a la verdad, al sentido común y al verdadero gusto". En cuanto a los libelos y a los diarios, Cabet y su Viaje a Icaria son vivaces prefiguraciones de Lenin, Stalin, Mao y las naciones en que la prensa es propiedad privada del Estado: "La libertad de prensa es necesaria contra las Aristrocracias y las Monarquías, ¡pero qué libertad falaz! Cortamos el mal de raíz estableciendo una organización social y política que vuelve inútil la hostilidad de la prensa y sólo permite un periódico comunal para cada comunidad y un periódico nacional para la Nación".

Si hay todavía ciudadanos lo bastante insensatos como para rebelarse ante la magnitud y la precisión de semejantes leyes, su insensatez será, en efecto, reconocida e irán a parar a algunos de esos asilos que Dom Deschamps ― el excelente benedictino y utopista del siglo XVIII ― no llama aún psiquiátricos, aunque este sentido está ya implícito en lo que dice: "Si hubiera refractarios, nadie pondría en duda la alienación de sus mentes y serían tratados, de común acuerdo, como los locos ... ". Tal es la opinión de este buen religioso (que por otra parte era ateo).

Previendo que la camisa de fuerza puede resultar inútil para reprimir las rebeliones, el dictador utópico concibe un sistema de represión que sólo se generalizará en el siglo XX, aunque existen de él interesantes antecedentes. En su Utopía, Thomas Moro describe lo que un día se verá realizado en Auschwitz y en Kolyma. El campo de Moro es ya un campo de "reeducación", una expresión cabal del humanismo penitenciario: "No se imponen al condenado ni grillos ni calabozo. Trabaja en libertad y sin trabas corporales. ( ... ) De preferencia, se recurre a los golpes y no a las cadenas. (... ) De tarde, después de pasada la lista de los condenados, se les encierra en cabañas donde pernoctan. La única pena a que están sometidos es la del trabajo continuo. ( ... ) Es fácil reconocerlos por el color de sus vestimentas, iguales para todos y de su uso exclusivo. No se les rasura la cabeza, excepto un poco por encima de las orejas, una de las cuales será mutilada".


Vigilancia y Castigo

Todo ha sido ya pensado: los golpes, el trabajo ininterrumpido, el uniforme, la posibilidad de un cráneo rasurado o "refrescado" por lo menos con un corte del cabello ― más la oreja ebanada para que el Kapo reconozca sin dificultad a sus hombres. Winstanley, durante la Revolución inglesa, añadirá a lo anterior la noción de norma y la sanción alimenticia: "Si los condenados cumplen con la tarea fijada, tienen derecho a cierta ración de alimentos." En el caso contrario, les espera el látigo, el pan seco.

Una importante economía de personal penitenciario queda asegurada cuando la represión es asunto de todos y no del solo especialista, y también cuando los refractarios consienten en cooperar con la autoridad social. En este punto, Campanella resulta maoísta Avant la lettre. Prescribe éste que todos los ciudadanos "confiesen las faltas cometidas a las autoridades encargadadas de purificar a las almas". Por su parte, Etienne Cabet se felicita al ver generalizadas, en lcaria, las funciones de vigilancia y de castigo: "En ninguna otra parte es tan numerosa la policía, porque todos nuestros ciudadanos están obligados a vigilar el cumplimiento de las leyes y a perseguir o a denunciar a aquellos de cuyos delitos sean testigos".

El extremo conmovedor a que puede llegar esta colaboración del pueblo con sus amos, se hace evidente cuando Campanella exalta el consentimiento supremo: el del culpable que ha asimilado tan perfectamente la ley de la ciudad como para ejecutarse a sí mismo. Dice Campanella: "Les es concedido a algunos el favor de quitarse a sí mismos la vida (mientras que) los ciudadanos derraman lágrimas, afligidos de haberse visto obligados a suprimir a aquel miembro enfermo del cuerpo del Estado".

Asi, poniéndose por objetivo la libertad ilimitada ― como el Chigalov de Los poseídos ―, el utopista institucional ha llegado al despotismo sin límites. Legislador del paraíso futuro y profeta de los infiernos reales de nuestros días, ha recorrido el camino que conduce desde el proyecto de una absoluta felicidad para todos hasta la realización absoluta de una desdicha universal.

Publicado em Vuelta nr. 42 de maio de 1980.